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PONENCIAS DE JORNADAS DE JUVENTUD E INMIGRACION

LA INMIGRACIÓN EN EUROPA Y LA CONSTRUCCIÓN DE LA
CIUDADANÍA MULTICULTURAL

Alfonso García Martínez
Universidad de Murcia

INTRODUCCIÓN: ¿POLÍTICAS CONVERGENTES O DIVERGENTES?

En otras ocasiones, hemos insistido en la necesidad de que la Unión Europea (UE) adopte una línea de actuación democrática y coherente en el tratamiento de los flujos migratorios, aunque nos permitimos dudar de su viabilidad gracias a los intereses contradictorios existentes entre sus componentes, y que sus grandes declaraciones de contenido humanista y universalista sobre los derechos de los extranjeros y los inmigrantes en su territorio dejen de chocar cotidianamente con las actuaciones de sus Estados miembros. Incluso el frustrado Tratado Constitucional apadrinado por Giscard d’Estaing, que con grandilocuencia elevaba a la UE al rango de “espacio privilegiado para la esperanza humana”, resultaba hueco al no recoger en su articulado cuestiones tan básicas para hacerlo realidad como en el caso de la ciudadanía por residencia.

Aunque, es cierto que lo que materializa concretamente su postura son las orientaciones, comunitarias y estatales, tendentes a regular por estrangulación la entrada legal de inmigrantes en sus países miembros, el sorprendente retroceso de la legislación y de las políticas de asilo, las enormes inversiones realizadas en la elevación de muros y sistemas de control tecnológico altamente sofisticados, la creación de ‘cinturones de seguridad’ en los países periféricos o las repatriaciones masivas de inmigrantes irregulares. Ante la presión de las derechas europeas y nacionales, incluso los gobiernos socialdemócratas, alardean de su eficacia contra los ‘ilegales’ mostrando las estadísticas de repatriados y las excelencias de los sistemas instalados para hacer impenetrables sus fronteras ante la ‘invasión’ de pateras y cayucos, a la vez que intentan poner en marcha mini planes Marshall en ciertos estados africanos emisores de mano de obra (Bárbulo, 2007).

Lamentablemente, esta distancia entre los enunciados sobre los derechos de los seres humanos y las formas de tratarlos, sigue marcando la lógica de las actuaciones gubernamentales europeas en torno a la cuestión de los flujos migratorios, que la
perciben como una tabla de salvación ante sus ingentes problemas, aunque muchos terminen en los centros de detención temporal para extranjeros, de más que dudosa
legalidad pero de cierta función degradante para los que los conocen como inmigrantes detenidos, si es que, antes, no han acabado ahogados en el mar. Además, estos centros específicos han sido ampliados hasta más allá de las fronteras de la UE, ubicándolos también en los países de sus márgenes con un alto grado de opacidad social y jurídica, esto es, convirtiéndolos en un limbo en el que diversas modalidades de detención e internamiento se dan cita para rebajar la presión sobre la UE, ya que no se trata de provocar un cierre absoluto de las fronteras –los inmigrantes siguen siendo necesarios-, sino de un filtro que haga posible ‘regular’ convenientemente la inmigración clandestina, a la vez que la sitúa en una posición de permanente vulnerabilidad.

Aquí, lo novedoso se sitúa en la entrada en el escenario de la política migratoria y de extranjería de la idea de la ‘externalización’ del control de las migraciones, involucrando a terceros países, más o menos próximos, en las políticas de control que, hasta ahora, eran sólo competencia interna de cada país o de la UE. En efecto, la imposibilidad de una migración ‘rgulada’ en el marco de la globalización, ha forzado a cientos de miles de personas a intentar realizar sus sueños por la vía clandestina a falta de otros cauces, especialmente del visado.

Con ello, la UE intenta desplazar cada vez más lejos las líneas de control migratorio, y la teoría de las exclusas adquiere mayor sentido y se capta mejor. Pero esta petición de ayuda a terceros países, en vez de suponer un intercambio colaborativo para la desactivación de las migraciones, se está revelando como una acción neocolonial, en la que priman los intereses geoestratégicos de los países europeos, en vez de un esfuerzo consistente por reforzar el desarrollo endógeno, con lo que se está ampliando el margen de endeudamiento de los países colaboradores, a través de los Fondeos de Ayuda al Desarrollo. De ello se desprenden las líneas maestras del nuevo discurso migratorio, que se verá articulado de acuerdo con dos ejes de referencia fundamentales: 1º el refuerzo de las variable de seguridad y, 2º su articulación con los negocios internos y externos de la UE y sus miembros.

La lógica actual de afrontamiento de los flujos migratorios es un verdadero callejón sin salida, ya que produce desorden al generalizar una forma de violencia simbólica y de humillación hacia los extranjeros, combinada con una visión utilitarista y eurocéntrica, que está siendo perfectamente representada por la política desarrollada por Sarkozy y su gobierno.

¿CIUDADANOS INMIGRANTES?

En estas condiciones y teniendo en cuenta que la ciudadanía hace referencia a los privilegios que deben ser constituyentes de la vida digna de los hombres y que, en las democracias occidentales, se reduce demasiado a menudo a un mero catálogo de derechos y deberes (Bermudo, 2001), ¿qué futuro sociopolítico aguarda a los inmigrantes que ya viven mucho tiempo, o tienen la pretensión de vivir permanentemente, en los territorios de los países de la UE?

Según el pensamiento neoliberal, que ensalza la igualdad formal, sin cuestionar la desigualdad real, la ciudadanía no se considera un derecho humano, sino un estatuto que sólo tienen los miembros de pleno derecho de una determinada comunidad, excluyendo a quienes no tienen esos plenos derechos y legitimando las situaciones de desigualdad. Pero los cambios sobrevenidos en el mundo tras la Segunda Guerra Mundial y más acusadamente aún con la plenitud del desarrollo de la globalización, fuerzan a analizar la ciudadanía desde una perspectiva mundial (Bottomore, 1992). De modo que, si se pretende responder a los efectos sociopolíticos del fenómeno migratorio y a las restricciones nacionales de acceso a la ciudadanía formal, será preciso articular la situación de residencia con el derecho a la ciudadanía. O, lo que es lo mismo, ampliar el acceso a los derechos ciudadanos en tanto que derechos humanos a quienes pertenecen a una comunidad, con independencia de su pertenencia formal a un Estado-nación.

A través de ello, la posesión de la ciudadanía dejará de ser un motivo de exclusión y rechazo de los que han venido un poco más tarde, para convertirse en la plataforma de una nueva forma de organización y convivencia intercultural, en la que todos pertenecen a una comunidad, y construyen su sociedad actual y futura de forma compartida. El estatuto de ciudadano pasará entonces a convertirse en el mecanismo de legitimación como miembro de la comunidad en que se vive y se trabaja.

Con ello, la propuesta de la ciudadanía basada en el único estamento que ella misma generaba, el de ciudadano, y que promovía la homogeneidad social corre el riesgo de provocar la ruptura de esa homogeneidad al limitarla al marco de lo nacional. Una situación especialmente contradictoria con la globalización de los flujos migratorios que, generando una visión negativa de los inmigrantes (agravada por su carencia de derechos) supone una fuente importante de conflictos racistas y xenófobos que, en última instancia, solo puede ampliar el alcance de sus perversos efectos para la convivencia y la homogeneidad social (Lucas, 2002).

Curiosamente, frente a estas tendencias restrictivas en el ámbito de los Estadosnación
europeos, ha sido en el marco de la Unión Europea donde se han abierto nuevas puertas al tratamiento de un nuevo modelo de ciudadanía superadora de esos límites nacionales. De hecho, el Tratado de Maastrich estableció la fórmula jurídica de la ciudadanía europea, sin que ello suponga la existencia de una ‘nacionalidad’ europea, sino que su estructura sigue siendo la de una unión de Estados-nación europeos -27 actualmente-. La novedad de esta formulación estriba justamente en la desvinculación de la ciudadanía de la nacionalidad, y la posibilidad que abre de poder considerar ciudadanos a residentes con una nacionalidad diferente, es decir, el pleno disfrute de derechos y deberes comunes independientemente de la nacionalidad que se posea A pesar de todas estas limitaciones, contradicciones dificultades e incertidumbres (Naïr, 1998), la puerta que, así, ha abierto la UE es de tal magnitud que difícilmente podremos volver a pensar los derechos de sus habitantes en términos estrictamente nacionales, y no para reducirlos a su mínima expresión, como propugnan los liberales, sean conservadores o socialdemócratas, sino para conducirlos a su más amplio desarrollo exponencial. Éste es, pues, un proceso abierto del que no puede quedar excluido ninguno de sus componentes sociales en los países de la UE, ni debe quedar en manos de instancias incontrolables por los ciudadanos de viejo y de nuevo cuño, como son el Consejo, la Comisión, el Parlamento, etc. Así, las cuestiones centrales de comunidad y ciudadanía, habrán de responder al nuevo escenario y no a transacciones llevadas a veintisiete bandas, lo que supondrá la multiplicación a escala europea de las instancias de debate, participación y decisión que hagan posible la manifestación de la pluralidad de referencias locales, regionales u culturales existentes entre la población europea, cuyo reflejo será una nueva ciudadanía europea, sin exclusiones que frenen el avance de la ciudadanía plural.

LA SITUACIÓN DE LOS JÓVENES INMIGRANTES Y SUS EFECTOS EN LA
CONSTRUCCIÓN DEL DIÁLOGO INTERCULTURAL

Prof. Dr. Raúl Ruiz Callado
Departamento de Sociología I y Teoría de la Educación
Universidad de Alicante

RESUMEN

La creciente presencia de jóvenes inmigrantes está planteando retos importantes a nuestras sociedades. La inmigración supone uno de los principales dilemas en la reconstrucción de la ciudadanía en las sociedades occidentales de la ribera norte del Mediterráneo. El fenómeno migratorio afecta directamente a todas y cada una de las dimensiones de la crisis del modelo clásico de ciudadanía y, en este sentido, la incorporación de los inmigrantes dentro de nuestra vida en común se presenta como un tema que desborda sus efectos sobre la vida económica o el mercado de trabajo. La problemática de la migración afecta principalmente a nuestra propia concepción de la comunidad política, a los marcos culturales que definen nuestras identidades comunes, a sus procesos de aprendizaje y, en suma, al tipo de prácticas ciudadanas por medio de las cuales llevamos a cabo nuestra implicación común dentro de la esfera pública. El telón de fondo del debate nos remite, sin duda, a una compleja combinación entre el derecho a la diferencia y el mantenimiento de una serie de valores y principios básicos de convivencia que no pueden cuestionarse desde los argumentos del relativismo cultural. En este contexto, el diálogo intercultural deviene imprescindible.


CONFLICTOS, MEDIACIÓN Y COMUNICACIÓN

Andrés Escarbajal de Haro

Los conflictos son inherentes a las relaciones humanas, aunque es evidente que su amplitud dependerá de diversas variables, pero sobre todo de la capacidad de las personas para ponerse de acuerdo y aprovechar la situación problemática para el conocimiento de los otros y para mejorar la convivencia. Esto debe ser tenido muy en cuenta en nuestro contexto cotidiano multicultural, sobre todo cuando comprobamos que hay un racismo que no ha escondido nunca sus cartas, es rancio y peligroso para la convivencia, y lamentablemente hace su aparición de vez en cuando con manifestaciones que nos hacen sentir vergüenza ajena; pero hay otro tipo de racismo más sutil, pero no menos peligroso para la convivencia, es el llamado racismo posmoderno que, a diferencia del racismo anterior, que habla de razas y de la pretendida supremacía de unas sobre otras, está convencido y quiere convencernos de la imposibilidad de entendimiento entre diferentes culturas y, además, sostiene que la convivencia multicultural es un caldo de cultivo para el conflicto. Evidentemente, contra estas posturas debemos manifestarnos desde los ámbitos de nuestra competencia profesional, pero también en nuestros espacios de vida relacional y comunitaria.
No obstante, reconoceremos que cuando personas de diferente cultura se encuentran se pueden producir algunas manifestaciones de lo que se ha llamado ‘choque cultural’, en el que no sólo se da una incomprensión del comportamiento ajeno, sino que también afloran una serie de emociones negativas: desconfianza, incomodidad, ansiedad, preocupación, etc. Y, es evidente que para superar este ‘choque’ debemos comunicarnos, no simplemente intercambiando información, sino intentando también, y fundamentalmente, compartir emociones, crear relaciones de empatía.

En cualquier caso, hemos de tener en cuenta que los problemas de convivencia no son privativos de éste o aquél grupo social o cultural, sino que se dan en todas partes y en todos los grupos de una u otra manera. Lo que sí cambia es la gravedad del problema y las medidas que se adoptan para solucionarlo y para evitar que surjan nuevos conflictos. Con esto queremos manifestar que los contextos son fundamentales a la hora de evaluar los tipos de conflictos y plantear soluciones, porque no suele haber, no debe haber, recetas generalistas ‘curalotodo’ como no hay expertos en eliminar todo tipo de conflicto. La convivencia es una cuestión de todos, de toda la comunidad.

Ante un conflicto podemos optar por tres ‘soluciones’: educativa, sancionadora o, simplemente, ignoradora. Obviamente, nos decantamos por la solución educativa, porque no es mejor sociedad, aquella que oculta, ignora o reprime el conflicto, sino la que lo acepta y lo ve como una posibilidad para profundizar en la mejora personal y grupal. Fomentar actitudes y habilidades sociales que hacen del conflicto una oportunidad de desarrollo personal representa una visión nueva de la educación que promueve comportamientos democráticos que se trasladarán a la vida cotidiana. Las características básicas de esta pedagogía son las siguientes: uso del diálogo; aprendizaje cooperativo; compromiso en la solución de problemas; promoción de modos de confrontación no violentos; y tener muy claro que la resolución de un conflicto debe garantizar la asunción de soluciones, sin ‘ganadores’ ni ‘perdedores’.

Por todo ello, en los últimos años se está hablando tanto de mediación y de mediación intercultural como una alternativa de resolución de conflictos. La mediación es entendida como una forma alternativa de resolución de conflictos en la que las partes implicadas, ayudadas de una tercera persona que es considerada imparcial, pueden resolver sus diferencias hasta llegar a una solución consensuada, satisfactoria y mutuamente aceptada. Además, en los contextos pluriculturales hay circunstancias y situaciones que hacen que la mediación tengan ciertas características específicas: se media entre personas con culturas distintas, con trayectorias distintas, con diversos niveles de aceptación y consideración, etc., que comparten un mismo espacio físico y social en el que hay una cultura dominante y otra a la que se le pide que se adapte a la primera. Pero sobre todo, la cultura minoritaria tiene unas necesidades básicas que frecuentemente no tienen cubiertas. La sociedad de acogida, con sus estereotipos y prejuicios, está convencida de que debe ‘reeducar’ al inmigrante para que se integre. Sin embargo, la mediación intercultural tiene otra actitud muy distinta, pues propicia el encuentro con el otro y lo considera un interlocutor válido. Así que la mediación intercultural debe ser entendida como un proceso mediante el cual es posible cambiar
ciertas situaciones sociales para mejorar la relación de los individuos de diferentes culturas. Es una definición amplia que no se limita a la resolución de conflictos sino que apunta a la mejora de las relaciones humanas entre grupos culturalmente distintos. Por tanto, la mediación intercultural puede ser un elemento fundamental en la integración de personas de otras culturas porque puede intervenir a niveles de toma de conciencia en la prevención y solución de conflictos y en la modificación de las actitudes de los diferentes grupos sociales. Esto es fundamental porque puede permitir la adaptación de personas inmigrantes sin que éstas pierdan su identidad.

Normalmente, para solucionar conflictos de convivencia multicultural se han dado diversos modelos de medición como alternativa. Algunos autores han resumido tres de ellos para finalmente decantarse por el modelo basado en las comunidades de aprendizaje y en la comunicación como gran instrumento. Por eso la segunda parte de la exposición habla de comunicación y de habilidades comunicativas.

La comunicación es un proceso de relación interpersonal mediante el cual es posible la transmisión de ideas, sentimientos, emociones y creencias entre las personas. Acontece según una secuencia y entramado complejo de intercambios de información. Naturalmente, es un proceso que se hace difícil si los receptores no tienen participación activa. ¿Por qué nos comunicamos? Porque el intercambio de información es un proceso básico para la supervivencia, ya que nos lleva al aprendizaje y al desarrollo personal. Necesitamos la relación con los demás, saber, transmitir lo que sabemos, entender y ser entendidos y, además, influir o persuadir a otros. Por ello, la comunicación ha sido definida como "todo procedimiento por el que una mente puede afectar a otra". Incluye no sólo el discurso oral y escrito, sino también toda la conducta humana. Con la comunicación, además de transmitir ideas o sentimientos a otro u otros, recibimos las ideas o sentimientos de los demás. Es, por tanto, capacidad para poner en común lo que sabemos o sentimos.

Sin embargo, cuando hablamos de comunicación entre personas de culturas distintas, entran también en juego variables de entendimiento, interpretación e incluso aspectos emocionales, creencias, ideología, etc. Todo ello porque no utilizamos el mismo lenguaje, ni las mismas claves de interpretación, ni tenemos los mismos marcos de referencia cultural… e incluso no tenemos los mismos mecanismos emocionales. Este conocimiento es fundamental, porque si no se tiene en cuenta las personas inmigrantes establecerán relaciones cerradas con los grupos de pertenencia, en los que encontrarán la cobertura necesaria a sus intereses vitales.

Así que, cuando nos comunicamos no sólo intercambiamos información, sino que también negociamos nuestras relaciones con los otros, construimos la propia identidad y la de los otros, transmitimos una imagen propia y recibimos la de nuestros interlocutores. Termina la intervención proponiendo algunas estrategias y habilidades básicas de comunicación: sus obstáculos, las tensiones y conflictos, la crítica constructiva, la manera de recibir críticas y, por último, se muestra la manera de afrontar la hostilidad.


“EDUCACIÓN Y DESARROLLO DE LA INTERCULTURALIDAD”

Juan Agustín Morón Marchena
Profesor Dr. Universidad Pablo de Olavide (Sevilla)

VIDEOFORUM

El binomio ‘educación-interculturalidad’ es difícilmente separable. Educación y de desarrollo de la interculturalidad son dos caras de la misma moneda. El objeto de la sesión es analizar la relación entre estos dos ámbitos, pero a través de una videoproyección que sitúe a los participantes ante una ‘realidad’, ante un caso reflejado a través de una película.

Después de hacer una breve referencia de las posibilidades del cine, como medio de comunicación social, en el ámbito educativo, se encuadró el tema a abordar con los contenidos tratados en las sesiones anteriores de las Jornadas.

Para analizar esta cuestión hemos utilizado la película “Las hijas de Mohamed”, dirigida por la actriz y realizadora Silvia Munt. Este telefilme es un ejemplo muy válido para la temática en cuestión, y de hecho ha sido utilizado en muchos foros de este tipo. La obra puede resultar especialmente interesante para trasladar la reflexión a la sociedad sobre el mestizaje y la convivencia entre culturas, con los pros y contras que esto conlleva, y nos permite hacer una incursión en las costumbres, la sensibilidad y la manera de ver el mundo de la inmigración marroquí, además de poner el dedo en la llaga en las dificultades que pueden atravesar las mujeres inmigrantes magrebíes y su situación legal, social y emocional.

"Las hijas de Mohamed" transcurre en diversos emplazamientos deBarcelona (Hospital del Mar, el Born y el barrio del Raval, una de las zonas con mayor presencia de inmigración en la ciudad) y está protagonizada por Alicia Borrachero, que interpreta a una ginecóloga barcelonesa que se enfrenta a la cultura marroquí cuando el marido de una de sus pacientes se niega a reconocer a su hija recién nacida. Esta "comedia social" muestra como el respeto y la comprensión mutuas terminan por vencer los malentendidos y las diferencias culturales, en palabras de su directora, Silvia Munt (autora, por otra parte, de interesantes trabajos con el sello del compromiso social). La película es amena, y plantea otras perspectivas, pues es también una ‘historia de amor’ entre la protagonista, recientemente separada de su marido, y el hermano de su paciente, un joven llamado Amir que le ofrece una sensibilidad, una comprensión y una riqueza emocional que no había encontrado en sus anteriores relaciones sentimentales.

La película no fue visionada en su totalidad, sino sólo en parte, lo suficiente como para abordar, como decíamos, el estudio de la ponencia. A través de un coloquio, y después del marco introductorio realizado por el ponente, se abordaron cuestiones como: las diferencias culturales, descripción de las culturas, análisis y estudio de casos que aparecen en el film, resolución de problemas y conflictos que aparecen en la película, propuestas educativas…

 
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